Hola, soy Elena.
Soy artista y docente. Trabajo en Envigado, en una casa que es taller, con mi compañero y cuatro gatos que aparecen en casi todo lo que toco. Llevo años pintando, dibujando y modelando barro, y enseñándole a otros a mirar despacio.
Prosaica nace para defender una idea: que el arte se puede vivir y también mirar, que un objeto bien hecho merece ser usado a diario, cuidado cuando se rompe, transmitido cuando ya no nos sirve. Hago tazas, jarrones, libretas, objetos que están pensados para acompañar la vida cotidiana y para exhibirse a distancia.
Crecí entre dos linajes, por un lado, las mujeres de mi casa que me enseñaron durante las tardes largas de crochet, libretas llenas de recetas y chistes, pensamientos y listas de compra, manteles bordados, sopas que se cocinaban sin afán. De ahí viene mi convicción heredada de que el oficio se cuida, se transmite y se repara cuando se rompe.
Por otro lado, la herencia de mi padre: en el silencio del monte y los caminos que se hacen mirando.
Crecí entendiendo que la naturaleza es paisaje y es interlocutor, que sentarse a observar también es una forma de pensar, y que algunas verdades solo aparecen cuando uno se queda quieto. Esa atención habita todo lo que hago.
Cada objeto que sale de este espacio pasa por mí en todos sus pasos, eso significa que llega con tiempo, con la huella de una sola persona, y con la imperfección honesta de lo que se hizo a conciencia.
Acá vas a encontrar piezas hechas despacio, una práctica que se piensa antes de hacerse, y un espacio donde la lentitud no es lujo sino postura. No persigo la pieza perfecta, persigo la pieza vivida.
Si llegaste hasta acá, gracias. Sentate. Quedate.
— Elena

